TOURS A HACIENDAS DE VIÑEDOS
Entre 1532 y 1580 se fundaron en el Perú más de 700 centros poblados, entre ciudades, pueblos y villas. Cada vecino o habitante recibió una parcela de tierra para su vivienda y terrenos para cultivar plantas y criar ganado. Inmediatamente se cultivaron los «frutos de Castilla», entre ellos la vid. En 1550 la crónica registra el cultivo de la vid en varias regiones del Perú, especialmente en la costa. En 1560 ya se comercializaban los «vinos de la tierra» considerados buenos y muy buenos. A finales del siglo de referencia ya se producía y embarcaba aguardiente de uva por el puerto de Pisco. En el siglo XVII, ambos productos alcanzaron gran distinción. Razones sociales y naturales contribuyeron al declive de ambas bebidas; pero a mediados del siglo XX se produce la revitalización. Los viticultores buscan primero mejorar la calidad y luego expandir la frontera del vino. Actualmente, tanto el vino como el pisco peruanos han recuperado su antiguo prestigio y han ganado premios nacionales e internacionales.
En el siglo XVII, la producción de vino y aguardiente de uva alcanzó un gran desarrollo, debido a la demanda de Potosí considerado como el «consumidor universal de los frutos de la tierra», que llegó a albergar hasta 260.000 habitantes. Añádase a esto el Azogue y las minas de plata de Huancavelica, Castrovirreyna y Cailloma. Además, el mercado urbano de ciudades y pueblos que en el siglo XVII se habían convertido en centros multiproductivos, ávidos consumidores de vinos y licores. Más allá de los límites del Perú de hoy, estaba el puerto de Guayaquil, Quito, Panamá, Colombia, Guatemala y otros pueblos de América Central que también eran compradores de vino y aguardiente peruanos. A esta situación, propicia para el desarrollo de la producción vitivinícola, se suma la excelencia intrínseca de ambas bebidas. A ello hay que sumar la prohibición de la producción de aguardiente de caña de azúcar o ron, situación que dejaba sin competidor al aguardiente de uva.