En este artículo de investigación, hemos realizado un apunte sobre la historia del Camino Inca a Machu Picchu, desde los primeros hallazgos arqueológicos, y las informaciones de los documentos, que se hallan en los diferentes archivos del Perú. Es importante mencionar que la verdadera historia del camino inca a Machu Picchu aun es un misterio, ya que varias de las generaciones de los pueblos quechuas luego del arribo de los españoles al Perú, fueron diezmados u se retiraron a las selvas más alejadas del continente sudamericano. El Qhapaq ñan o Camino Inca es un espacio arquitectónico especial, gracias al cual se enlaza temporal y espacialmente la gran diversidad histórica, cultural, humana y geográfica del Perú. Este camino, que desde la época de los incas hasta nuestros días ha facilitado la movilización de pobladores, se ha convertido en la vía de comunicación e intercambio ritual integradora de los pueblos del mundo andino por excelencia.
La historia del camino inca está asociada a las diferentes sociedades andinas, quienes participaron en su construcción, así actualmente podemos observar que varias de estas etnias andinas, aun practican sus tradiciones orales y bailes alusivos a la construcción de casas, caminos, puentes y edificios de uso público. El Camino Inca funcionó como una arteria principal del Tawantinsuyu, permitiendo comunicar el variado territorio andino. Para ello, los caminos estaban adaptados a los diversos ambientes gracias a un buen diseño en los componentes arquitectónicos aplicados en los diversos tramos del Sistema Vial Andino.
Desde la presencia temprana del hombre en los Andes, se inicia el proceso de configuración de las rutas y la estructuración territorial, conforme las vocaciones de los territorios, paisajes y recursos; por otro lado, la necesidad de satisfacer necesidades humanas primarias y también, espirituales. En este marco, espacios de abundancia de alimentos, animales de caza, pesca sean coyunturales o permanentes favorecieron construir los senderos de acceso a recursos. La obtención de materiales para la elaboración de instrumentos, lugares místicos como las montañas, nevados y volcanes fueron cruciales y aún hoy lo son. Así empezó la historia del camino inca con la formación de asentamientos y posteriormente la emergencia de sistemas políticos integrados y centralizados, muchas de estas rutas se formalizaron. Otras se desarrollaron por otras necesidades, varios caminos son regionales, interregionales y macro territoriales.

El camino Inca a Machu Picchu surgió como la culminación de un proceso de expansión y consolidación política del Tahuantinsuyo (Imperio Inca) entre los siglos XV y XVI d.C. Su construcción sistemática estuvo íntimamente ligada a la necesidad de controlar un vasto y diverso territorio que abarcaba cerca de 2 millones de km², desde el sur de Colombia hasta el centro de Chile. Los incas no partieron de cero; aprovecharon y unificaron una red preexistente de senderos y caminos construidos por civilizaciones anteriores (como los Wari, Tiahuanaco, Mochicas y otros), mejorándolos, ampliándolos y conectándolos en un sistema.
El camino Inca funcionó como el sistema circulatorio del Imperio, vital para la redistribución de bienes, la movilización de la fuerza laboral y la transferencia de conocimientos. Su surgimiento no fue solo un acto administrativo, sino también un proceso de imposición ideológica: el camino físico materializaba la conexión sagrada con los antepasados y las huacas (lugares sagrados), y su uso estaba regulado por un estricto orden social. La red, que superaba los 30,000 km en su apogeo, integraba la costa, la sierra y la selva, permitiendo el flujo de productos como el maíz, la lana de alpaca, el pescado seco y la coca.
El Gran Camino Inca que conduce a Machu Picchu, surgió como un ramal estratégico y ceremonial del vasto sistema vial del Qhapaq Ñan. Su construcción fue ordenada por el Sapa Inca Pachacútec en el siglo XV, tras la expansión del imperio hacia la región del Cusco y la fundación de la llacta (ciudad) de Machu Picchu. Este camino no tenía un propósito comercial o militar principal, sino que funcionaba como una vía de peregrinación y acceso exclusivo para la élite imperial y el séquito real hacia el complejo sagrado. Su trazado fue diseñado intencionalmente para crear una experiencia ritual de acercamiento a la ciudadela, integrando una secuencia de santuarios, puestos de control (como Intipunku, la Puerta del Sol) y complejos habitacionales (como Wiñay Wayna) que preparaban física y espiritualmente al viajero para la llegada al majestuoso entorno de Machu Picchu.
La construcción del Camino Inca que conduce específicamente a Machu Picchu fue iniciada por órdenes del Sapa Inca Pachacútec (gobernante entre aproximadamente 1438 y 1471 d.C.), el fundador y transformador del Tahuantinsuyo en un vasto imperio. Fue bajo su liderazgo militar y visionaria reorganización administrativa que el territorio del Cusco se expandió enormemente, y se planificó y edificó Machu Picchu como una llacta (ciudad-estado) de gran importancia ceremonial, administrativa y probablemente como un retiro real. Por tanto, la infraestructura de acceso a este complejo sagrado, incluyendo el ramal específico del Qhapaq Ñan que hoy conocemos como el “Camino Inca”, fue un proyecto estatal directamente asociado a la voluntad de este gobernante, parte integral del diseño general de la ciudadela y su función dentro del imperio.
La iniciativa de Pachacútec no fue un acto aislado, sino el punto culminante de un proceso de siglos de conocimiento acumulado. La construcción material del camino fue ejecutada por especialistas incas (ingenieros y arquitectos) y una masiva fuerza de trabajo organizada a través del sistema de la mit’a, un tributo laboral rotativo que las poblaciones conquistadas debían al estado. Estos trabajadores, supervisados por administradores imperiales (orejones o curacas), aplicaron técnicas de ingeniería avanzadas para adaptar el trazado a la abrupta topografía de la ceja de selva. Es crucial entender que el camino, aunque de nueva construcción, pudo integrar y mejorar senderos preexistentes de culturas locales, pero su concepción como vía procesional y de acceso controlado a Machu Picchu fue una obra de planificación centralizada inca, reflejo del poder absoluto del Sapa Inca para movilizar recursos y mano de obra.
En un sentido más profundo, el inicio de la construcción también puede atribuirse a la ideología estatal y religiosa inca. El camino fue diseñado no solo como una ruta física, sino como una experiencia espiritual y simbólica. Su trazado conectaba intencionalmente adoratorios (huacas), fuentes de agua sagradas y complejos habitacionales secundarios, creando un ritual de peregrinación y ascenso hacia la ciudadela. En este contexto, el “inicio” responde a un mandato divino, donde el Sapa Inca, considerado hijo del Inti (dios Sol), ordenaba la transformación del paisaje para materializar el orden cosmológico y su propio poder sagrado.
Desde una perspectiva técnica, su surgimiento fue una obra maestra de ingeniería adaptativa al difícil terreno de la ceja de selva. Los constructores incas aprovecharon las formaciones rocosas naturales y diseñaron un camino empedrado con escalinatas, túneles, sistemas de drenaje y muros de contención para sortear las abruptas laderas y evitar la erosión de las lluvias torrenciales. La ruta fue planificada con una logística precisa, incluyendo tambos (albergues) y terrazas agrícolas para el sustento de los peregrinos y la guarnición. Así, este camino no solo surgió como una conexión física, sino como un elemento integral del diseño sagrado y paisajístico de Machu Picchu, aislándola simbólicamente del común de la población y realzando su carácter de retiro real y centro ceremonial de primer orden dentro de la geografía sagrada inca.
Este camino es corto y se ramifica rápidamente. En algunas partes debe ser enlosado, y en trayectos como el que va a Machu Picchu, es además elegante. Los caminos de “la montaña” son difíciles y costosos en términos de su mantenimiento y construcción, debido a las condiciones lluviosas del medio y las fuertes pendientes de los cerros. Su destino era obtener madera, coca, cera, miel, plumas y drogas para el servicio del culto inca. Al igual que los caminos de la costa norte, estaban mediados por una línea de fortificaciones habilitadas en las cumbres de los cerros intermedios. El ancho del camino principal del Antisuyu era de 3 a 5 metros en la salida del Cusco, al sur de Saqsaywaman.
Los caminos incaicos eran peatonales, adaptados para el tráfico de caravanas de camélidos y el tránsito de miles de componentes de los ejércitos imperiales. Eran preparados para la circulación de gente, animales y carga, y en verdad es que tanto la ingeniería aplicada, como el trabajo de mantenimiento y servicios, le dan a la obra un valor considerable. Gracias al flujo de comunicación que permitía el Camino Inca, los incas pudieron tener una efectiva organización de todo el Tawantinsuyu. A cada 10 a 20 km, se ubican las construcciones Chasquiwasi (casa de los mensajeros) y Tambos (albergues), estos sitios, eran lugares que permitían a los viajeros descansar y abastecerse para poder llegar a las diversas comunidades y centros administrativos a los que se dirigían.
Desde los centros provinciales, los gobernadores incas mantuvieron el control del espacio donde se encontraban. Para ello cada centro tenía un conjunto de edificios diseñados especialmente para cumplir determinadas funciones, como los destinados al hospedaje de funcionarios (Kallanka), vivienda y talleres de producción de bienes (Cancha), almacenamiento de recursos (Colca), vivienda para jóvenes mujeres elegidas (Acllawasi) y a la realización de ceremonias públicas y actividades rituales (baños, plazas, ushnu).
La red caminera tenía como eje la cordillera de los Andes, que se desplaza de norte a sur en paralelo al océano Pacífico, a lo largo del borde occidental de Sudamérica. La opción tecnológica de la época condujo a una solución peatonal. El camino debía facilitar el tránsito de personas a pie, generalmente acompañadas por recuas de llamas, y conducía a los viajeros por senderos firmes y bien trazados. Se recorría longitudinalmente la cordillera, salvando las pendientes con el uso de escalinatas, cruzando las quebradas con puentes, plataformas o extensos tramos elevados, y en los puntos donde la naturaleza imponía tales soluciones.
Desde todos los rincones era posible llegar a la red. Con ella se podía ir a todas partes, y desde cualquiera de esos lugares al Cusco. Equilibraba los contrastes y dificultades del paisaje andino, agrietado y diverso, donde se registran juntos casi todos los paisajes que hay en el planeta, desde los ambientes con nieves perpetuas, con páramos y estepas frías en sus vecindades, hasta las quebradas con bosques húmedos o secos, al igual que las sábanas y valles, templados o cálidos, junto a arenales y desiertos, selvas y bosques siempre verdes, estepas y roquedales.
Durante el proceso de excavaciones arqueológicas, en los años 80 y 90, los investigadores han descrito y caracterizado, de manera pormenorizada, todos los hallazgos tanto en arquitectura, cerámica y otros soportes materiales. Dichas investigaciones hacen referencia de que, en el ámbito de estos yacimientos, existen restos materiales de filiación inca e igualmente, en menor cantidad, evidencias pre-incas. La arqueóloga Kendall describe algunos sitios alrededor de la cuenca del Cusichaca y hace referencia, por ejemplo, al sitio de Choquepata, en la parte alta de Piscacucho, que no estaría muy alejado del sector Isla Chico. Al respecto, se menciona la existencia de edificios y patios construidos sobre terrazas, así como la presencia de materiales cerámicos en superficie; asimismo, se da a conocer que se realizó la identificación de estilos cerámicos allí presentes, caracterizándolos como Killke, relativos a Killke y cusco inca.
Uno de los primeros asentamientos humanos que se evidencia en la ruta del camino inca a Machu Picchu, corresponde al sitio arqueológico de Isla Chico, el cual está conformado por una sucesión de 57 terrazas orientadas de este a oeste, de tamaños y trazos irregulares, con pendientes pronunciadas de 35°-40°, adaptadas al terreno y distribuidas en secuencias escalonadas; en sus superficies resaltan evidencias de recintos de planta circular y rectangular. Las terrazas se asientan directamente sobre un lecho geológico de origen aluvial que conforma la meseta con proyección noroeste-sureste. En la superficie y en los cortes naturales de las terrazas, se observan lutitas, cantos rodados, pizarras, esquistos, arcilla y limo en distribuciones heterogéneas relacionadas con la formación geológica Ollantaytambo. Las construcciones en el sector se realizaron con elementos líticos semicanteados (esquistos pizarrosos, cantos rodados y granodioritas) unidos sin mortero. Las plataformas que empatan con las cabeceras de los paramentos presentan longitudes irregulares que oscilan entre 1.5 y 11 m, con alturas entre 0.50 y 1.70 m. Las excavaciones permitieron definir la presencia de arquitectura temprana asociada a cerámica diagnóstica del estilo Marcavalle, como una primera ocupación del sitio.
En otros niveles, se han hallado fragmentos de cerámica correspondientes a los estilos Qotakalle, Araway y Muyuq Orqo (Horizonte Medio), que refieren a la segunda ocupación. La tercera corresponde a arquitectura de planta circular asociada a patios pequeños con fogón central y contextos funerarios adscritos a una ocupación Killke y, finalmente, una breve continuidad de la ocupación de estas estructuras durante el periodo Inka. De esta manera, el conjunto de datos sugiere una ocupación continua desde el Periodo Formativo Tardío (500 a. C.-200 d. C.) hasta el Horizonte Tardío (1400-1533 d. C.) y una reocupación moderna con fines agrícolas.
Estos caminos estaban al servicio de personas, pero también de animales de carga, como las llamas, que eran los acompañantes habituales de los caminantes. Los ejércitos incaicos que transitaban por ellos eran cientos, y a veces miles de personas, acompañados siempre con llamas en una cantidad igualmente considerable. El camino Inca a Machu Picchu también era transitado constantemente por los trabajadores Mit’ayoq que debían cumplir obligaciones para el Estado fuera de su ámbito doméstico de operación, o el traslado de los curacas con sus respectivas cortes en sus visitas a las comarcas de su dominio. Asimismo, debe tenerse en cuenta el necesario desplazamiento de los Kamayuq, funcionarios que debían cubrir las tareas de su especialidad en diversos lugares del imperio, para conducir talleres textiles, de orfebrería o alfarería, u obras de ingeniería hidráulica, agraria, civil o arquitectónica. Todos ellos, además del inca y su corte, que se asocia a los traslados de los ejércitos, hacían uso de esta red vial.
Los chaskis (mensajeros incas) cumplían una función de correos para el traslado oportuno y eficiente de las noticias que el aparato político requería para el funcionamiento del Estado. Se trata de personas que fueron especialmente adiestradas desde la infancia, para operar dentro de un sistema de postas de corredores que llevaban mensajes y pequeños objetos en el curso de unos pocos días, a lo largo de los diversos asentamientos del Tawantinsuyu. Gracias a los chaskis y su dominio sobre las rutas en las que ellos operaban, los incas y los demás funcionarios del Tawantinsuyu podían recibir información de las ocurrencias en lugares muy alejados del Cusco, en el lugar donde ellos estuvieran.
Los soldados también hacían uso del camino inca a Machu Picchu, ellos andaban en grupos de magnitud muy variada, y con frecuencia iban premunidos de un avituallamiento estratégico caudaloso, aun cuando el imperio contaba con un sistema muy cuidado de almacenes o depósitos de víveres, ropa y armas a lo largo de los caminos principales. De modo que una caravana militar estaba ciertamente constituida por el doble, o más del doble, de los soldados en sí mismos, así como de una cantidad notable de llamas, que además de facilitar el transporte de carga de los bastimentos, proporcionaba carne y eventualmente lana y cuero. Si se advierte que una campaña militar podía demorar meses e incluso años, este tipo de aparato logístico era necesario. Los caminos de la red lo permitían.
El camino inca Machu Picchu comunicaba los centros de poder de los incas y permitían la distribución y circulación de los bienes producidos para esos fines. Así mismo ayudaba a levantar nuevos centros de producción o impulsaba el desarrollo de zonas de baja productividad, habilitando sistemas de riego o terrazas agrícolas cerca del camino, aun con inexistencia de centros poblados, propiciando así procesos de poblamiento en lugares deshabitados pero aptos para determinadas formas de producción o explotación de recursos.
El camino inca a Machu Picchu como otros caminos fueron hechos en la dirección de cubrir comunicaciones con centros administrativos incaicos, y esto puede asignarles una originaria función administrativa, del mismo modo como varios caminos fueron claramente programados y construidos con destinos explícitamente económicos, vinculados especialmente a puntos de explotación de materias primas, como minas, o a lugares de interés agrícola-hidráulico, como las lagunas de origen del agua para riego de algunos valles o cuencas.
Asimismo, el camino inca a Machu Picchu servía para transportar los minerales, maderas, plumas, materiales textiles como lana, algodón u otra clase de fibras, alimentos o bienes destinados al culto. Estos transportes de bienes podían tener como dirección la ciudad sagrada de Machu Picchu, pero frecuentemente servían también a los mecanismos de complementariedad que caracterizan la economía andina. Así, los caminos transversales, que permitían el intercambio de productos de diversos pisos ecológicos, constituían un factor integrador vital para los pueblos que se beneficiaban con esos intercambios, y para el Estado, que de ese modo podía cubrir sus programas redistributivos de manera eficiente.
Si bien la tributación estaba especialmente orientada hacia la explotación del trabajo de las comunidades incorporadas al Incario, el traslado de los bienes era una parte importante del régimen, y constituía, de algún modo, la renta que el Estado asumía como base para, a través de la redistribución, mantener su poder. Es así como el trabajo de los Mitmaqkuna del valle sagrado de los incas se traducía en cuantiosas cargas de maíz que eran llevadas a Machu Picchu por extensas caravanas de llamas, y ocurría lo mismo con los cargamentos de hojas de coca, que además tenían centros de almacenaje, como los de Vilcabamba y Paucartambo, ligados a las “montañas” orientales donde se producían.
Por cierto, la red vial no se agotaba en los servicios económicos o militares en los que, sin duda, basaban su existencia. Hay también razones de origen cultista o religioso a las que debemos asociar la construcción de los caminos. Muchos de los caminos se originaban por la existencia de lugares sagrados o de santuarios, como Machu Picchu y Wiñaywayna. Algunos tenían estrictamente esa función, como la de comunicar a los pobladores de una región con la cumbre más alta de ella o de la laguna, donde estaba el Apu principal o la pacarina, a los que se debía rendir culto en épocas determinadas del año. Es probable que muchos de los Apus y pacarinas fueran servidos por caminos comunes, domésticos, pero algunos mucho más importantes como el camino que conducía a la residencia sagrada de Machu Picchu, era muy controlado y restringido solo a las elites incas.
El diseño del camino inca a Machu Picchu, así como la traza de los caminos incaicos es el resto arqueológico contiguo más grande que existe en Sudamérica. Como los incas carecieron de sistemas de transporte con ruedas, las dimensiones y rasgos constructivos viales se adaptaron a la geografía y al tránsito de peatones y al arreo de llamas. Por ende, sus dimensiones y características constructivas respondieron a estas necesidades de circulación de personas y de bienes en su máxima extensión.
La tecnología desplegada en la construcción de los caminos estuvo a cargo de personal especializado que adoptaba las técnicas apropiadas a las diversas situaciones de la gradiente del territorio andino. La construcción variaba en un amplio rango, desde el empleo de rasgos formalizados en caminos principales (muros de contención, pavimento, escalonados, calzadas elevadas, drenajes, puentes) hasta simples sendas. En las zonas montañosas, el camino se planificaba evitando las pendientes mayores a 50º, pero las laderas eran inevitables. El camino de la sierra, del Cusco a Machu Picchu, es una sucesión de tramos ascendentes y descendentes. Las rutas serranas incorporan curvas suaves y desviaciones para acomodar la traza a las laderas escarpadas, a los pasos montañosos, a los afloramientos rocosos y a otros obstáculos. Los caminos que atravesaban terrenos agrícolas tenían paredes laterales. Según los cronistas, esto tenía la finalidad de proteger los cultivos del paso de los viajeros y de los animales de carga. La anchura del camino podía variar entre 3 y 10 metros.
La construcción de rutas en suelos hidratados debía contemplar varias técnicas: canales de drenaje, pavimentación del piso y calzadas elevadas. Tramos pavimentados son visibles en el Cusco, en el sendero a Machu Picchu, las calzadas elevadas sobre lechos rocosos se rellenaban con tierra, y se solían recubrir con paredes laterales de piedra. Los incas combinaron varias técnicas constructivas; por ejemplo, los escalonados con muros de contención y excavaciones de la ladera, o con trazados en zigzag. Las escaleras tienen la ventaja de permitir una ruta rectilínea en terrenos muy escarpados. En general, los escalones están construidos en piedras de campo, o con poco desbaste, como en tramos de ascenso por el Camino Inca a Machu Picchu. Donde es posible observar variedad de escaleras de factura incaica.
Las escalinatas exigían un mantenimiento continuo por parte de los mitayos que estaban a cargo, y muchos segmentos todavía están en uso. En los caminos principales o sitios importantes pueden aparecer peldaños excavados en la roca viva de la cuesta. Este tipo de escalinata exigía la misma clase de tecnología y de trabajo que el que se aplicaba en la construcción de muros de fina mampostería de piedra. Los casos más comunes son los caminos en laderas cuando estas se disponen en forma paralela a la dirección de la ruta. Si la pendiente era menor de 15º, no requería ningún agregado formal. La tendencia general de caminos de más de 2 metros de ancho era incorporar muros de contención laterales como un medio para disminuir la pendiente, creando un plano horizontal para el tránsito. Una variante de esta técnica se da en las laderas abruptas, entre 30º y 70º de inclinación, donde se usan muros más altos. Un logro notable de ingeniería se puede apreciar en un segmento escalonado de la ruta inca que corre por el cañón rocoso del valle medio de Cañete, con una pendiente mayor a 50º.
Los ríos caudalosos y encajonados de los Andes requirieron variados recursos para atravesarlos: construcción de puentes, cruces en balsas u otros medios. Los cauces pequeños podían vadearse fácilmente, excepto en la estación lluviosa. Por estas razones, parte del tráfico era estacional. A través de un río angosto se colocaban largas vigas y las cubrían con tablones y varas transversales. El río Huatanay, en el Cusco, tenía un puente construido con grandes lajas de 3 a 4 metros de largo, muchas de las cuales estaban todavía in situ hasta que el río fue canalizado. Algunos de los ríos más grandes son lo suficientemente tranquilos como para ser cruzados mediante balsas.
Los valles fluviales anchos y profundos se franqueaban mediante puentes colgantes muy bien construidos. Estos se suspendían desde cuatro pilares o torres de mampostería, dos a cada lado del río. Para cada puente se necesitaban cinco cables, de unos 40 centímetros de diámetro, hechos de ramas flexibles retorcidas y trenzadas. Los cables se arrollaban en torno de los maderos de las torres de sostén, tan tensos como fuera posible, y se los aseguraba firmemente. Tres de los cables formaban el piso del puente y los otros dos las barandillas. Para el piso, se sujetaban palos cruzados a los cables pequeños y se cubrían con palos más pequeños y paja.
En el ámbito de lo que ahora es el Santuario Histórico de Machupicchu, con las características antes aludidas de la institución de la encomienda, el pueblo de “Piccho” junto a Amaybamba formaba parte de la encomienda de Hernando Pizarro primero y luego de Diego Arias Maldonado (1539-1582). La población indígena, con absoluto predominio sobre sus tierras y sus recursos, tributaban ante el encomendero con cestos de coca, cestillos de ají, canastones de fruta, sogas de cargas, huevos, pescado,etc. En 1561, Titu Cusi Yupanqui fue coronado Inka y promovió una capitulación importante con los españoles, que incluyó la ampliación de los límites del gobierno de los Inkas de Vilcabamba, que abarcaba la margen izquierda del río de Apurímac y la derecha del río de Vilcanota, solicitando, además, la autorización para hacer pueblos en el valle de Amaybamba y Piccho, que eran encomiendas del capitán Diego Arias Maldonado.
LA LLEGADA DE LOS AUGUSTINOS
Entre tanto, la orden de los Augustinos llegó a la zona y, en base a las tierras que en 1552 don Felipe Topa Yupanqui descendiente del Gran Topa Ynga Yupanqui, ubicó en Piri en el pueblo de Tambo u Ollantaytambo, cuyos linderos llegaban hasta la quebrada de Piccho, exactamente en 1568, se atendió la merced de tierras a favor del Convento de San Agustín.
Las otras tierras fueron nombradas Turuntuy, Pampahugua, Pisca, Chuquisuso, Nacay, Macay, Tiobamba, Guayllanga, todas ellas eran del Ynca Yupanqui. La relación de las tierras continuaba en la misma dirección, como las tierras nombradas Pumachaca, Mayu Uray, que también eran del Ynga Yupanqui, En base a estas tierras, se estableció la gran propiedad religiosa del Convento de San Agustín, que estaba conformada entonces por las tierras de Mascabamba, Huatabamba, Phiri, Tanqaq y Chillca.
Para afianzar la conquista de Vilcabamba, don Francisco de Toledo, comisionó y nombró por gobernador de la zona a don Martin Hurtado de Arbieto y ordenó el reclutamiento y traslado de 52 indígenas de las parroquias de la ciudad del Cusco con provisión necesaria para fundar la ciudad de San Francisco de Victoria de Vilcabamba el 4 de octubre de 1572. La población trasladada tenía la obligación de estar al servicio de los conquistadores españoles en Vilcabamba como lo hacían los cañares en Cusco. Como estrategia, los “indios naturales de Vilcabamba” se apartaron y poblaron el lugar denominado “VaynaPiccho” (Huaynapiccho), a una distancia de diez leguas, lo que hacía sospechar que intentaban “idolatrar en sus ritos y ceremonias como en tiempo de los incas”.
Por memorial de 1588, varios ciudadanos de la zona como Miguel Yupa, Alonso Guaipa Condor, Juan de Malli, Francisco Coro, Cristóbal Pariguna, Bernabe Gualpa Tito, Martin Parinango, Francisco Taquichin, Pedro Paco, Juan Palpa, Juan Yauruchaco, Francisco Cicha, Francisco Coro y Juan Yaros señalaron que por orden del Virrey Conde del Villar, los indios yanaconas trasladados de las parroquias del Cusco a Vilcabamba fueron nuevamente desalojados y obligados a mudarse al puesto quellaman Vayna Piccho (Huaynapiccho) para vigilar a los indios conquistados, para lo cual, les asignaron tierras de su entorno55.
En 1635, don Juan Concha, Juan Tomas Concha, Juan Quispe, sus hijos y los demás descendientes de los 52 indígenas trasladados del Cusco, afianzaron su posesión real y corporal sobre las tierras asignadas, debidamente deslindadas y amojonadas en: Vayanaycasa, Rucmabamba, Pitupukio y Cedrobamba, cuyos linderos eran: “desde Guaynapicho hasta el cerro llamado Mallaucasa y desde allí hasta Guaironcasa y por el otro lado hasta Palcay de donde va un rio que llaman Uticmayo que se encuentra con el río del Vilcamayo que corre todo para abajo y por la otra parte linda con las tierras de don Baltazar Yepes y en cada moxon tiene sus cruçes puestas desde tiempo antiguo.
En 1644, don Juan Tomas Concha, Principal y Mandón de los indios yanaconas de la ciudad de Vilcabamba del Perú, en nombre de la población indígena de Vilcabamba, de sus antepasados y abuelos que fueron trasladados de las parroquias de la ciudad del Cusco a dicha provincia, señala que desde el tiempo de los inkas y por repartición que les hizo a sus antepasados el Virrey Don Francisco de Toledo, conservaron la posesión de las tierras llamadas Guaynapicho, Mallaocasa, Guayrorcasa y Salqantay, las que fueron amparadas por los corregidores de dicha provincia y por provisiones reales del gobierno, con los cuales se sustentaron y pagaron sus tasas de tributo.
En efecto, ocurre que de acuerdo a la Recopilación de las Leyes Indias, referidas al reparto de tierras de los indígenas, éstas no podían ser vendidas a españoles ni a otras personas, sino que eran del indígena común, que pasaba de padres a hijos, de generación en generación y a falta de ellos para su comunidad o ayllu. Es así, que estas tierras se mantuvieron en dominio y posesión de indígenas, heredadas de padres a hijos tal como lo disponían los títulos de estas tierras, durante todo el periodo de la colonia incluyendo los inicios de la República, hasta que en 1849, ya en pleno periodo republicano, don Juan Uscamaita Valentín y su mujer doña Francisca Cullo, vecinos del pueblo de Limatambo provincia de Anta, como sucesores legítimos de su finado padre don Manuel Valentín Uscamaita, señalaron ser poseedores de las tierras nombradas “Suriray”, “Chillcapampa”, “Ahobamba”, “Patallaqta”, “Qquente”, el pueblo antiguo de Palcay, “Huairuro Ccasa mayor”, “Huairuro Ccasa menor”, “Huaynapicho”, “Machupiccho”, “Ynteguatana”, “Machopilone”, “Huaynapillone”, “Atunpilloni”, “Uchuypilloni”, “HuiñayPoccoy”, “UnoyneHuayracpata”, “Huayracmachay”, “Salqantay”, “Umantay” y otros ubicados en el límite del valle y pueblo de Mesacancha, las que le fueron otorgadas en donación a favor de su padrino de matrimonio don Mariano Santos, recordando los favores y servicios que han merecido y recibido, por no tener hijo ninguno durante el periodo inmenso que llevan de casados y hallarse en estado de decrepitud.
Parte de estas tierras, en 1860, fueron vendidas a don Jacinto Alegría, quien a su vez las otorgó en venta a don Santiago Angulo y esposa doña Rufina Guillen, la finca que se conocía como Yntihuatana y que colindaba con la hacienda de Silque y Kusichaka y por la parte alta con Huaccoto, Mediocucho-Wayllabamba, Huchuyhuayruro, Salqantay, por el Río Yntihuatana, Piccho, Hatonpiccho, Huchuypiccho, Champi Ccasa y Q’ente y otros por un valor de 450 pesos al contado. Dos años después, don Santiago Angulo y su esposa volvieron a transferir estas tierras, al mismo precio adquirido, a favor del señor coronel don Ramón Nadal, titular de la Hacienda Silque. Luego, los descendientes de don Ramón Nadal, en 1896, celebraron un documento de división y partición de bienes, de las que la finca Intiwatana y otras le tocó a Alejandro Nadal, quien en 1907 transfirió su parte a favor de su hermano Eduardo Nadal, con una extensión de 2 000 ha en 2 800 soles, cuyos linderos eran por el norte, el río Urubamba, por el este las tierras de Machupicchu o Chuchubamba, al oeste el río Aguabamba o Ahobamba y al sur la quebrada de Palcay.
Al pasar del Virreinato a la República del Perú, las leyes en cuanto a la situación jurídica de las “ruinas y tesoros prehispánicos” y el régimen de tierras a favor de los indígenas, no se diferenciaron mayormente, pues durante los primeros años hasta decenios de la República se siguieron aplicando las leyes e instituciones de origen colonial. Es decir que las primeras leyes de la república no innovaron el estatus quo y fueron simplemente declarativas, reiterativas o poco innovadoras del estatus jurídico anterior. Fue así, por ejemplo, con toda claridad, el caso de los yacimientos arqueológicos cuya pertenencia asumió implícita y explícitamente el Estado.
En los albores de la República, una de las primeras acciones concretadas por el Libertador Simón Bolívar en el Cusco, fue la expropiación de los bienes eclesiásticos a favor de hospicios y colegios. En esta perspectiva, la hacienda de Silque de los Betlemitas fue adjudicada a favor del Colegio de Ciencias de la ciudad del Cusco mediante el Decreto del 9 de setiembre de 1825. Luego, la Resolución Suprema del 3 de agosto de 1826 ordenó el otorgamiento de la posesión de dicha hacienda Silque y la celebración de la “Escritura de Adjudicación correspondiente” que fue otorgada recién el 28 de mayo de 1832 a favor del Colegio de Ciencias que luego fue asignada al Mariscal don Agustín Gamarra.
Seguidamente, el 26 de noviembre de 1847, don Andrés Gamarra, hijo de Agustín Gamarra, Teniente Coronel del Ejército y Edecán del Supremo Gobierno, por haber contraído exceso de deudas con el señor coronel del ejército don Ramón Nadal, fue obligado a vender la hacienda Silque por vía de remate público a favor del mencionado militar don Ramón Nadal con todos sus capitales de ganado mayor y menor, caballar, mular, burros, punas, pastos y demás enseres adyacentes que tenga ella, la venta se ejecutó en 42 000 mil pesos, pagados judicialmente.
Años después, el 3 de agosto de 1896, a la muerte del hijo de don Ramón Nadal, don Adeodato Nadal, la descendencia de la familia Nadal celebró una escritura de división y partición extrajudicial de bienes. Fue así que la hacienda Silque se dividió en tres propiedades.
A partir de 1904 don Mariano Ignacio Ferro empieza a adquirir diferentes extensiones prediales a los descendientes de la familia Nadal, en especial el ámbito de Q’ente. Fue así que la familia Ferro logró inscribir su supuesta propiedad de la hacienda Silque a fojas 60 del tomo 1 del Registro de Predios del Cusco. Posteriormente, los herederos de la señora Lourdes Ferro de Abril realizan e inscriben en el asiento 9 del precitado tomo, la división de dicha hacienda en 4 lotes, incluyendo a los predios Santa Rita de Q’ente y Q’ente.
El predio Q’ente de 22 000 hectáreas que era el lote 4, se adjudicó al señor Emilio Abril Vizcarra. Luego, por Escritura Pública del 12 de setiembre de 1944, don Emilio Abrill Vizcarra vende a Julio Zavaleta Flores las 22 mil hectáreas, estableciendo en la cláusula quinta del contrato, una reserva de venta, que excluía de la misma, a las indemnizaciones que se seguían ante el gobierno por la expropiación de las ciudadelas incaicas de Machupicchu, Waynapicchu, Wiñaywayna, Sayaqmarka y Phuyupatamarka, indemnizaciones que más tarde efectivamente se dieron mediante expropiaciones que siguió la Dirección Regional de Reforma Agraria, muy a pesar de que algunos nombres de las tierras cambiaron, así como: Inkarmana a Sayaqmarka, Yuncamallaucasa a Phuyupatamarka, Rucrepata a Wiñaywayna. Sin embargo, los nombres de Machupicchu y Waynapicchu se conservan hasta la actualidad.
El Camino Inca a Machu Picchu, conocido científicamente como la red vial del Qhapaq Ñan, no fue “descubierto” en un momento único y espectacular, como sí lo fue la ciudadela en 1911. Su redescubrimiento y puesta en valor fue un proceso gradual y complejo a lo largo del siglo XX, intrínsecamente ligado a la exploración y estudio de Machu Picchu y su entorno. En realidad, las comunidades locales andinas de la región, como los pobladores de Q’ente, Wayllabamba y otros, siempre conocieron y utilizaron segmentos de estos caminos ancestrales. Sin embargo, para el mundo académico y occidental, su relevancia se evidenció a partir de las expediciones de Hiram Bingham. Tras su llegada a Machu Picchu en 1911, Bingham documentó y recorrió varios tramos de caminos que conectaban el sitio con otros centros incaicos, como el camino hacia Intipunku (la Puerta del Sol) y hacia Wiñay Wayna, aunque en su momento no se conceptualizó como una ruta única y monumental.
La comprensión del Camino Inca como un sistema integrado y su transformación en la ruta de trekking emblemática que es hoy, fue el resultado de décadas de trabajo arqueológico y de limpieza a partir de la segunda mitad del siglo XX. Tras la declaración de Machu Picchu como Santuario Histórico en 1981, el Estado peruano, a través del Instituto Nacional de Cultura, inició proyectos sistemáticos de investigación y puesta en valor del patrimonio arqueológico del área. Fue en este contexto, particularmente durante las décadas de 1970 y 1980, cuando equipos peruanos e internacionales (con importante participación de arqueólogos como Fernando Astete y otros) despejaron, consolidaron y estudiaron científicamente los distintos tramos del camino, conectando los segmentos y comprendiendo su función dentro del sistema vial incaico (Qhapaq Ñan) y su rol específico de peregrinación hacia el santuario de Machu Picchu.
Por lo tanto, no puede atribuirse una fecha concreta de “descubrimiento”.** El hito más significativo fue su apertura controlada al turismo a principios de la década de 1980, marcando el momento en que se estableció la ruta clásica de 4 días/3 noches tal como se conoce ahora. Este proceso culminó con el reconocimiento internacional de su valor excepcional, siendo el Camino Inca un componente fundamental para la declaración de Machu Picchu como Patrimonio Mundial de la UNESCO en 1983, bajo la denominación “Santuario Histórico de Machu Picchu”. Su relevancia histórica radica en que es una muestra excepcional y tangible del Qhapaq Ñan, el sofisticado sistema vial que integraba el Tahuantinsuyo, y su conservación es prioritaria no por ser un “hallazgo” reciente, sino por ser un monumento de ingeniería y paisaje cultural de primer orden.
El Ausangate Trek es famoso por su paisaje natural de otro mundo. Muchos lo consideran una de las mejores caminatas a gran altura del mundo, la caminata lleva a los excursionistas a través de varios pasos altos, a valles alpinos bajos y a través de pueblos peruanos tradicionales.
Sumérjase en la cultura y los paisajes del Perú con esta aventura a Machu Picchu, el Amazonas y más. Busque vida silvestre a lo largo de los senderos de la jungla y los ríos en la selva tropical desde un cómodo albergue y luego diríjase a los Andes hasta Cusco, la capital del imperio Inca.
Uno de nuestros viajes más populares en Perú combina la herencia cultural del Valle Sagrado y el desafío de hacer una de las rutas de senderismo más populares del mundo. La caminata de cuatro días por el Camino Inca lo recompensará con una impresionante combinación de ruinas de la zona, paisajes montañosos y bosques nubosos.